viernes, 17 de septiembre de 2021

Cachafaz

 

Cachafaz

“Nadie es como otro. Ni mejor ni peor. Es otro. Y si dos están de acuerdo es por un mal entendido.”  (Jean Paul Sartre )

                                        Yo me paseaba en la sala de espera como mono enjaulado y repitiéndome y machacando en mi cabeza de que a veces es preferible andar con la boca cerrada y hablar lo estrictamente necesario, pero a nuestra edad seguir con la autocensura me parecía cosa de gente enferma. Como fuera, el asunto es que a lo hecho pecho y yo tenía que dar la cara como hombre bien nacido y porque además el tipejo no me caía mal y por algo teníamos una cierta afinidad en materia cultural y visiones sociológicas en general aunque hoy día a nadie le importa   lo que piense un viejo, pero, lo que piensen  entre ellos y en su mundo, lo que hagan o digan puede ser interesante. Cuando los jóvenes empiezan a ser superados en cantidad, debe ser porque la juventud aprendió a darse cuenta que el sexo no tiene nada que ver con los hijos que es la consecuencia del hecho mismo y no la causa.” Adultos mayores,” “Tercera edad” es como llaman el arquetipo en que nos encasillan para no ofendernos con el típico “Viejo” que es el joven de una generación que se aproxima al final de su trayectoria. De la misma manera  a los homosexuales les llaman “Gay” y cuando nace una guagua, las damas “dan a luz”. A  la Población Quinta Bella los milicos le pusieron “Quinta Buin” . Habría que preguntarle a los expertos en explicar lo que es obvio si pretendían transformar a los pobladores… y si era así ¿lo consiguieron?  A los viejos nos sacan a ventilarse cuando hay elecciones, les regalan un chokman y un jugo de fruta y se quedan como perros con pulgas. Ahora empiezan a hablar de la cuarta edad, seguramente para que los de la tercera se sientan más alejados del traje de madera y la demencia senil que acecha a la vuelta de la esquina.. Bueno, el asunto es que las peleas de viejos adquieren un cariz diferente, aunque en el fondo es la misma chanfaina con aliños más suaves.  A mí nadie me pidió que me metiera en este entuerto, pero aquí estoy hasta la tusa en un cahuín de viejos tarados en el que por supuesto me incluyo. Es verdad que nos ponemos más pacientes, reflexivos, intuitivos, rápidos para darnos cuenta de muchas cosas, pero metidos en un conflicto se nos escapa la brújula. Todo el mundo está convencido que solamente los jóvenes poseen inteligencia y son capaces de razonar con sabiduría. ¡Qué equivocados están! Un viejo puede dar vuelta cualquier asamblea de jóvenes, pero a la inversa es difícil o imposible que suceda y no creo que sea necesario explicarlo. Es imposible que un joven logre entender cabalmente a un viejo que sí, fue joven y sabe lo que es ese forro y aunque todos viven añorando esos verdes años, yo,  ni cagando los volvería a repetir. Mis 70 están muy bien están muy bien carreteados y me sobra carreta y bueyes para seguir tirando y los guijarros del camino me importan un reverendo. Lo curioso es que este hueveo me dejó descolocado en un momento, pero entendí a tiempo que debemos tener cuidado con las palabras porque si hay sordos y gente que escucha la mitad o un tercio y otros sanos de lo oídos que no entienden nada de lo que escuchan porque tienen la cabeza llena de bichos.   
 La sala no tenía más de siete metros por cinco y estaba dividida en dos sin más separación que un sillón largo que hacía de frontera. En mi paseo yo pasaba de un espacio a otro y cuando me senté unos minutos en el primer espacio unos sujetos me empezaron a mirar con simpatía. Una dama entradita en charchas leía con un apasionamiento de enajenada el diario “Las Últimas noticias”. Me ofreció “La Cuarta”, pero con un gesto de pocos amigos la rechacé.  Yo les puse mala cara de inmediato lo tomé como una bofetada a mansalva y en despoblado. Por primera vez andaba metido en estas ratoneras y lo que me llamó la atención de inmediato es el afán de los funcionarios de pasárselo barriendo. “¿Se aburrirán cuando no hay nada que hacer?” pensé.   Otro ciudadano  que estaba frente a mí, tenía los ojos saltados de tanto mirar unos culos de antología que mostraba el pasquín y su mensaje facial era:” ¡Qué raja Dios mío¡” o ”Yo te podría ayudar con tu problema” porque de reojo me tenía en la retina como estudiándome. Este hombre tenía el aspecto de sacristán de misa negra, el pelo le llegaba hasta los hombros y su bigote era de esos de mariscales de la antigüedad, estaba bien ubicado en su lugar, digamos que era un personaje en su escenario natural. Otro me sonrió con actitud comprensiva. Este que  lee la cuarta  me estaba alterando porque me mostró otra fulana en pelota y con el dedo índice me  indicaba que estaba más que buena, yo me encogí de hombros como diciéndole que ya estaba jubilado en esas artes, para que no siguiera con el hueveo y empecé de nuevo con mi caminata de mono neurótico y para peor enjaulado, me faltaba el poto colorado solamente para que los niños se hubieran entretenido conmigo tirándome maní. Atravesé la frontera y me senté en el segundo espacio que daba a una puerta que se abría en forma automática con un timbre. Con cada timbrazo llamaban a un Contreras, Muñoz, Zapata, Machuca, cuando llamaron a un Undurraga yo dije “¡chuchas¡ la democracia funciona”,  felizmente estaba hablando sólo. Yo esperaba escuchar mi nombre, pero todo seguía igual. Llevaba una hora de espera y la situación se me hacía insoportable, para variar apareció el infaltable perro.
Es el can estereotipado que aparece en los estadios, mezcla de mapochino con otro de pedigree porque era chico, cabezón y con cola de perro grande y curiosamente tenía las bolas completamente cubiertas con pelo blanco, igual que su frente. Son  los perros que aparecen   cuando habla un presidente de la república en una calle de la ciudad o en las grandes ceremonias patrióticas donde algunos ciudadanos mueven sus banderitas de papel con una mano en el corazón,  no pueden faltar en las protestas ciudadanas o estudiantiles todos mojados con sus pulgas asustadas ante este baño de agua sucia con aroma de bombas lacrimógenas.  Corren en todas  direcciones como  enajenados y parecen ser felices  porque no saben para donde van, si al menos supieran de donde vienen, no son los únicos que llevan una vida perra. Habría que preguntarle al “Primer perro” por su pecado original
 Yo le daba vuelta al magín resistiendo  la tentación de largarme sin importarme la inmensa manga de valores de más allá y de más acá porque el pelotudo aquí lo va seguir siendo en la otra vida porque no se conoce ningún caso que desmienta mi tesis, pero teníamos con Cachafaz algunos puntos de convergencia, era el único que podía ayudarlo.   La dama robusta empezó a acariciar al quiltro, le rascaba las orejas y le sobaba el espinazo, el perro feliz movía la cola como si lo estuvieran masturbando. La dama robusta se entusiasmaba con las reacciones del perro. Me dejó la impresión de que la dama también se entusiasmaba, por desgracia los entusiasmos no siempre van por el mismo carril. Me acordé que en el metro me encontré con una ex compañera de trabajo que cuando le dije que me acompañara porque tenía que hacer una diligencia cerca de allí, me contestó que tenía que irse urgente para su casa porque tenía que bañar a su perrita. “Bueno” pensé yo, “pobre vieja, si nunca le sacaron  las telarañas es mejor que comparta su vida perra con una ídem” .Curiosamente, el perro,- -por respeto a la institución, rasgo intrínseco del alma chilena- alteró todo su esquema genético, biológico, genealógico, ontológico, antropológico. El hecho es que este hijo de perra alteró uno de los paradigmas esenciales de “Ser” perro. Todo iba muy bien con las caricias para el perro hasta que el despiadado can le roció a la dama su calzado y su pantalón. Yo me quise reír a carcajadas y me acordé que estaba ahí por boludo, la verdad es que no hay manera de eludir la censura que en este caso sería autocensura. Ella actuó como una dama, tapándose el pantalón con la “Cuarta” que sirvió de cortina, una mis chilena de todo el mundo quedó bañada en los orines del perro, al menos no era de Contreras. Al final todas las cosas sirven para algo, tienen su camino diseñado.- Seguramente es el “deber ser” de Aristóteles-. Lo original en todo esto es que el can no haya levantado la pata de la manera clásica con la satisfacción de todo animal cuando desinfla la vejiga. Quizás estaba en presencia de una sincronía esencial de la evolución de las especies. Llegué a la conclusión que era el perro del Undurraga que ya habían llamado. De otra manera no se explica tanto pedigree, tanta clase , mesura, autocensura, era a todas luces un “perro de bien”.   Una loca en pelota de estas  reinas del cuchuflí que aparecía   en  la contratapa del diario ni se arrugó con el orín del can; un hombre importante habría dicho “fue una orinada puntual y en ningún caso coyuntural, no altera en absoluto el statu quo”,  pero la dama en forma disimulada,  le pegó una patada justo en sus dos medias lunas, claro que ella no intentó pegarle allí solamente tiro la patada. El pobre can se fue a echar a un rincón y pasó de la felicidad a la desdicha con la simple patada de un efímero que tiene una licencia más larga para vivir.
Entre toda esta gente había una actitud solidaria, éramos unos veinte los que esperábamos nuestro llamado. Se intercambiaban los diarios, algunos conversaban en forma confidencial, sobre sus temas preocupantes y se daban indicaciones sobre los pasos a seguir. Se parecía a la sala de espera de un hospital, pero no había ningún enfermo o quizás todos estábamos enfermos. Para ellos todo era tan normal, tan natural que me sacaba de quicio. Yo quería patear cualquier cosa que se me pusiera delante. Empecé a observar a los hombres del segundo grupo. Estábamos separados por un inmenso sillón. A diferencia de los de mi grupo  tenían un perfil más definido: rostros herméticos, miradas adustas, estaturas medianas y como era verano bañados y perfumados. Estos eran más indiferentes, tranquilos, probablemente estaban habituados a estos trámites, después de todo la experiencia es el alma de la ciencia. El infaltable flayte  me hizo una encogida de hombros como diciéndome: “paciencia porque aquí el tiempo sobra”. Claro que sobra, pero yo estoy acostumbrado al otro, ese que transcurre y cambia, ese que tonifica que te infla los pulmones como una pelota en su máxima expresión. Por el momento es lo único que nos va quedando gratis. El otro flayte, un roperito considerable, que estaba apoyado en la muralla ingresó a la sala contigua se fue  y dejó al descubierto la placa “DELITOS CRIMINALES. Y al frente alcancé a leer “DELITOS SEXUALES” . Me empecé a pasear de nuevo como loro eléctrico. Era un iniciado en estos menesteres y mis acompañantes me resultaban repelentes aun antes de encasillarlos en sus especialidades, si después de todo fuere lo que fuere yo también estaba encasillado. Ya había preguntado por el detective que llamó mi casa para citarme al cuartel (creo que así le llaman).El muy bolas me citó a las nueve de la mañana y me puse puntudo de inmediato. Le dije que esa era la hora que le convenía a él que yo trabajaba y que podía estar ahí a las 13 horas. Aceptó y en eso quedamos. Yo no me iba a perder mi hora de máquinas, la clase de gimnasia, los quince minutos de trote, la media hora de natación y la media hora de sauna que es donde más se huevea . A  las dos de la tarde llegaba a ladrar de hambre. Si cuando me meto a las máquinas me gusta sudar como caballo de bandido y me tengo que cambiar camiseta para meterme a la clase. Por suerte en las duchas me tomo más de un litro de agua y parece que eso atenúa el hambre. Me dijeron que el detective a cargo del asunto estaba por llegar, pero que estaba pegado en un taco. Yo seguía como un enajenado pasando del espacio sexual al criminal. Dos espacios para pensarla. Por algún motivo las autoridades los han dejado juntos. Así como los abigeos deben estar juntos a los que roban agua de regadío. Es cuestión de pensar un poco porque el orgasmo es un viaje a la muerte y a la reflexión como un encuentro con Dios y el paraíso divino. Podría ser una de las explicaciones, pero deben haber otras, deben haber muchas. Cansado me dirigí al mesón de la recepción para decirle al funcionario que ya nos habíamos pasado del tiempo prudencial de espera. Me contestó que no me convenía ausentarme porque si estaba citado después me llamaban de la fiscalía y tendría que perder días enteros en trámites inútiles y que la persona que esperaba venía en camino. Además de seguir mi paseo de mono neurótico, le agregué ahora un paseíto como con ají en el poto porque llegaba a estar amarillo de hambre. El timbrazo me sacó de mis cavilaciones y del plato de pantrucas que pensaba comerme en la Vega. Se abrió la puerta y me llamaron Me atendió un joven de no más de 25 años, camisa blanca, corbata, con su pistolón al cinto. Parecía más burócrata que esos detectives que uno ve en televisión, esos que caminan como Mickel Douglas  y cuando se quiebran para el lado parece que fueran a sacar el pistolón.
-          Ud. Sabe por qué está aquí. -me dijo como apurando las cosas a medida que se iba sentando mientras yo movía la silla arrastrándola para expresar mi malestar por la espera Sospeché que estaba en colación. -
-          Prefiere que yo le vaya preguntando o Ud. me cuenta su versión y yo le voy interrumpiendo para aclarar las situaciones que me parezcan dudosas.
-          Combinemos las dos- respondí más calmado, después de todo ya estábamos empezando.-Le voy a contar rápido todo el asunto y evitamos así un alargue inútil porque todo el tema redundaba en torno a un asunto comunicacional poco común entre gente sensata.
-          Veo que se incluye entre los sensatos-lo dijo con una ironía que me hizo olvidar el hambre-.  Me molestó más la actitud del detective que estaba en el escritorio contiguo y solamente se dedicaba a observarme y lancé mi estocada.
-          ¿Ud. leyó El Proceso de Kafka?-movió la cabeza en sentido negativo y me preguntó de qué trataba el libro. Le expliqué que se trataba de un proceso judicial que nadie sabía de que se trataba y que el asombro y la transformación y el absurdo eran los temas esenciales.
-          Debe ser interesante-me dijo y acomodó su pistola en el escritorio- le escucho mientras yo voy preparando su declaración para que la firme y puso en funcionamiento el computador

“Ese día, salí del sauna que es lo último de mi rutina que dura dos hora y media y a veces tres luego me dirigí a los camarines. Ahí se producen las conversaciones triviales entre viejos: fútbol, enfermedades, actualidad política, chistes y el hueveo típico de nuestra manera de ser. Ahí apareció mi amigo Cachafaz que venía a ducharse y con el cual conversamos sin “acartuchamientos valóricos “ y lo primero que me dice : “¿Qué te parecen los curas cacheros?”. Era el tema de las noticias y yo que estaba esperando una conversación  relajada le contesto, “Yo soy legionario del Cura Tato”. Nos reímos a carcajadas , otros sonreían y hubo otros que se quedaron con el seño adusto, sus miradas eran de odio y desprecio. Cuando uno está en pelota parece que todo aflorara como más natural. Mi amigo siguió con el tema: “Ahí están los mejores sementales, compadre, su incoherencia es haber hecho un vota de castidad”  “Con decir que son hombres basta y sobra, lo demás es adjetivo. No te das cuenta que estas cosas no le hacen ni cosquillas a la iglesia porque a los feligreses los mueve la fe”. Fue mi respuesta y empecé a desviar el tema   pasándome al l fútbol porque todos seguían nuestra conversación y era necesario transformarse en un recorte del inconsciente colectivo .Uno de los socios que se acercó hasta nosotros y terció en el diálogo,  en tono solemne dijo dirigiéndose a mí: “Mi señora piensa igual que tú. Ella dice que lo esencial del creyente es la fe y yo pienso igual, un hombre sin fe es como un barco sin timón”. Mi amigo que en ese momento se abrochaba la camisa le contestó: “Te apuesto que la fe de las damas es directamente proporcional a la herramienta de los curas” . En este momento fue cuando nuestro invitado se fue al extremo del camarín y con su grupo habitual tenía una conversación bastante acalorada y por los gestos que hacían sus amigos parece que trataban de calmarlo. Cachafaz se peinaba frente al espejo despreocupadamente mientras el número tres de la conversa se golpeaba una mano con el puño de la otra. Noté que estaba ofuscado. Cuando me retiraba me dijo al pasar “¡Yo a ese concha de su madre lo voy a cagar¡”. Después supe que se llama Antolín. Cuando llegué a mi casa llamé por teléfono a Cachafaz y le avisé que debía de tener cuidado, pero no le dio mayor importancia. Yo insistí en que le había tocado un punto muy sensible. Todo esto ocurrió un viernes y cuando volví como siempre el día lunes al salir nuevamente  de los camarines Antolín me repite el estribillo. “Yo lo voy a cagar…”. Ahora me preocupé y mientras me dirigía al primer piso tomé la decisión. Volví a los camarines y le propuse a Antolín que habláramos los tres con la persona que dirige la institución para exponerle el problema y viéramos la solución con la sensatez propia de los viejos. Le expliqué a Antolín que la culpa era mía porque yo había empezado con el tema, pero Antolín estaba ensimismado en que el asunto lo arreglaba él a su manera. No le insistí y me fui al cuarto piso a ver a los viejos que bailan  tango. Ahí me entretuve haciendo unos ochos adelante y atrás, pero pensando que tenía que hacer algo y como estaba aprendiendo una sacada que mostraban en video, me olvidé del asunto y se me pasó como una hora dándole a una sacada con ocho adelante y tomé la decisión de ir a conversar con la dama que dirige toda la institución. Le expliqué como se había producido todo y que con una conversación entre los cuatro se solucionaba todo el problema. Le propuse que me usara como chivo y me culpara de todo . Que podía decir que era un charlatán, que no sabía estar callado y que conmigo tomarían una medida de acuerdo al reglamento interno, pero que no tomaran ninguna medida con los otros dos. Ella agradeció mi cooperación y de inmediato me informó que la agresión ya se había producido una hora y media antes de que yo llegara y que Cristian estaba en el hospital por la fractura de un brazo y clavícula. Ahora entendí por qué el viejo flaco y medio inclinado además de otros de su grupo conversaban con Antolín en forma acalorada y trataban de calmarlo cuando me dirigía a conversar con la Directora que me preguntó de inmediato  “A favor de quién viene hablar Ud.” como tratando de ubicarme en un lado del conflicto. “Yo no vengo a hablar a favor de nadie. Yo solamente vengo a aclarar la situación para que nadie salga dañado”, insistí que la sensatez y el sentido común bastaban para solucionar el problema pero las cosas fueron más rápido de lo que yo esperaba. La dama también me informó que tres socios ya habían ido a dejar su testimonio a favor de Antolín. Me mostró las tres hojas respectivas. Cuando dejaba el despacho de la dama me acerqué donde estaba Antolín con sus amigos y uno de ellos, un viejo más canoso que yo y encorvado como signo de interrogación me llamó para un lado. Yo de inmediato pensé que si intentaba  agredirme  lo dejaba fácilmente como signo de exclamación. Este viejo cuando lograba andar más estirado sacaba pecho y respiraba profundo como ocurrió ahora, seguro que para impresionarme. Hizo todo un aparataje y al llegar al extremo del hal se atrevió a hablar: “¿Ud. Sabe lo que es un comunista?” me dijo y se puso colorado con los ojos saltones, con el dedo índice quería enfatizar algo. UD. entenderá que yo no iba a entrar en polémica con este adefesio y le respondí con aire casurro como de chileno del vergel, así como haciéndome el de las chacras  “Algo cacho, pero no mucho”,  “¡Ese infeliz es un comunista¡”, volvió a insistir. Ahora el detective me interrumpe. “Hasta aquí me parece que el tema no va por la política”. “No es el tema esencial, pero yo le estoy contando el asunto con toda la pimienta y los aliños inherentes al guiso y como todo parece estar c entrado en la ofensa a la señora de Antolín, voy a lo esencial. Entienda que nosotros estábamos hablando puras banalidades digamos en chileno “huevadas”, además que el espacio y la vestimenta se prestan para ello. Yo le diría que no hay nada mejor que estar en pelotas para sentirse libre de toda censura. ¿Alguna vez ha visto a una persona fumando en misa? O no ha escuchado nunca esa expresión: “Eso es un chancho en misa” para referirse  a algo fuera de contexto. Esta expresión resume en breves palabras todo este entuerto. Fue    Antolín  quien estaba fuera de contexto y se metió donde no le correspondía. Yo nunca había hablado con él, ni siquiera lo saludaba
El detective interrumpió su tecleo en el computador y me entregó mi declaración para que la firmara.
-          Antes de firmar, dígame algo que me inquieta ¿Yo sigo en este asunto?
-          No, Dn. Cristian, hizo la demanda en tribunales y Ud. queda fuera. Basta con su visita de hoy a nuestras dependencias.
Yo respiré tranquilo y tomé las cosas con más calma. Una vez que leí, le pedí rectificar un párrafo en que aparecía Cristian diciéndole a Antolín que el cura le había mostrado la herramienta a su señora y de ahí venía la tremenda fe de ella. Le pedí un lápiz de inmediato e hice la corrección correspondiente quedando de la siguiente manera: “Cuando Antolín apareció como tercero en nuestro diálogo Dijo: “Todo el problema religioso se reduce a una cuestión de fe y en eso estoy de acuerdo contigo” -y me golpeó el hombro en señal de complicidad- “y mi señora piensa igual que tú.” Ahora Cachafaz interviene para decir: “Todas las mujeres a quienes los curas han mostrado su herramienta piensan así”.  Esta parte del texto quiero que quede textual. También quiero que agregue:  “que por analogía se pueden sacar muchas conclusiones, estimado detective, pero yo era el único testigo que estaba al alcance de la conversación. Los otros estaban distantes de la escena”. Mientras cambiaba el párrafo me preguntó si era católico, le contesté que creía más en la teosofía. Noté que paró las antenas, pero me cambió el tema.
-¿Qué opina de la “Capran”?
- Es lo mejor institución para viejos que hay en Santiago.
-Dicen que ha cambiado mucho, que llega mucha gente y que ahora es muy fácil ingresar.- Sacó la hoja de la impresora, volvió a leer el párrafo cuestionado y me la entregó nuevamente para la firma. Ahora fui yo quien cambió el tema.
- ¿Qué gana el demandante con este juicio?
-Recuerde que Dn. Cristian tiene tres bypass –me mostró una foto con las huellas de la operación y entendí por qué Cachafaz no lo encaró el día de la agresión. . Leí en la hoja del detective me mostró y donde aparece con dorso desnudo para mostrar la cicatriz de la operación. La lectura se refería a que había estado en el hospital con un día de reposo.
.- Pudo haber ocurrido algo fatal.- agregó para dar por terminada la entrevista.

La rutina continuó como siempre, pero se notó un cambio en las relaciones. Cuando yo entraba al sauna, no entraban los amigos de Antolín que ingresaban cuando los amigos de Cachafaz hacíamos abandono para irnos a las duchas. Yo era el único testigo que favorecía a Cristian con mi declaración. La verdad es que  favorecí  a Cachafaz  sacándole aquello de que “el cura le había mostrado la herramienta a su señora porque correspondía a un agregado turbio porque manejé las antenas con rapidez. Si yo no lo había expresado en la conversación y aparecía en el texto, lo vi como algo inducido o premeditado porque en estas cosas uno dice lo que quiere, así como otros ven lo que dicen ver y los abogados alegan lo que dicen que le dijeron los que habían dicho esto o aquello. No me podía explicar la iracundia de los  Anti Cachafaz.  En la Capran tenía contados amigos, aunque todo el ambiente era relajado en el sauna, después era el ¡hola¡, ¡chao¡ y ¡nos vemos¡ Entonces,  decidí hacer mi propia indagación en el asunto. Se facilitó porque tenía ciertas migas con una funcionaria de la recepción a quien le entregaba todos los días el diario que regalan en el metro y cuando no estaba se lo dejaba en el mesón. La invité a tomar un café al casino. Abordé el tema directamente y sin rodeos porque todo el altercado se produjo ahí al costado del mesón donde siempre hay tres o cuatro funcionarios. Además que todos sabían que estaba involucrado en el asunto. “Ese día estaba revisando unos papeles y cuando me dí vuelta encontré a Cristian en el piso y yo no  era la única que estaba allí, pero yo no vi ninguna agresión”. Lo dijo con una frialdad y una indiferencia casi estudiada. Comprendí de inmediato la situación, porque Cachafaz me dijo que  estaban allí tres  funcionarios más y los testigos de Antolín se hacían los indiferentes en un extremo del hall. Comprendí que los testigos eran prefabricados. “El detective que está a cargo de la investigación, estuvo aquí toda la mañana y nos interrogó a todos, incluyendo a la jefa”. Ahora hablaba con más seguridad como diciéndome que  yo estaba mal ubicado. Algo olía mal. Le di a entender que algunas  cosas que se me escapaban y que no tenía toda la versión completa, pero  la inquina que mostró el viejo que parece signo de interrogación me daba vueltas en la cabeza como manivela de molino. Dejé que la funcionaria siguiera su propio ritmo para saber con qué música quería bailar ”Tú sabes que cuando uno incurre en una falta grave le aplican el artículo 44 y le dicen ¡chao¡” me extrañó que la dama me tuteara. Las cosas estaban claras. Se habían coludido para cargarle los dados a Cachafaz.  Estuve por preguntarle por el artículo 44, pero no podía mostrarme muy interesado. Además si se veía involucrada la Capran recurrirían a todos los medios para desacreditar a la parte querellante y justificar la agresión de Antolín. Yo también le había dicho a mi amigo que quizás la demanda no tenía sentido porque si le pagaban una indemnización por los gastos médicos y por atenuar la agresión le enrostrarían que había ganado dinero con el conflicto y que podría estar transgrediendo los valores esenciales de la institución que se preocupa del bienestar de los viejos. En esa ocasión con un aire estoico y con orgullo  me contestó que lo entregaría a una institución y se abrochó su parca de color indefinido por el uso y acomodó sus lentes  parchados en la montura, pero yo me ponía en el escenario adverso y hacía mis propias conjeturas. Aunque no sabía en qué consistía el artículo 44 me preocupaba porque si me echaban perdería algo que no podría encontrar en ningún lugar de Santiago a un precio adecuado para los viejos que viven de una pensión regular o baja, es decir como la mayoría de los chilenos. Le insistía a Cachafaz que el asunto se podría resolver con una conversación entre los actores de esta teleserie que se estaba complicando, pero me volvía a decir que su abogado, que era de su partido político le había dicho que era “pan comido” le contesté con el mismo pan “ Se te puede quemar el pan, Cachafaz, ¿no te das cuenta que te quieren cagar ¿”. “No te preocupes, si aquí todos están cuidando su trabajo, nadie se quiere comprometer porque algo le puede caer a la institución. “Recuerda que yo me fui sólo al hospital”. Con todos estos argumentos no me  convencía totalmente porque se negaba a una conciliación. Sospeché que esta escondida o mostrada de herramienta era más trascendente. Equivocado o no empecé a preocuparme del asunto.
Llegué a la conclusión de que esta mujer  tenía más antecedentes sobre el demandante y el demandado por los años que llevaba en la institución y tenía que seguir averiguando, pero sin demostrar interés por el artículo 44. Fue ella quien me esperó un día a la salida y me invitó a tomar un café de inmediato pensé aclarar algunas cosas. Ella también llevaba sus intenciones y no se anduvo con rodeos. “Quiero hablar contigo por encargo de Antolín porque el juicio se está complicando y está involucrada lal Institución”, mientras hablaba estudiaba mis reacciones como tanteándome para proponerme algo, pero cuando uno se preocupa antes de los hechos llegado el momento está como una fotografía y de inmediato le cambié el tema hacia donde a mí me interesaba. “¿Antolín y Cristian son muy antiguos en la Capran?  “Yo llegué aquí el año 74 y ellos ya eran socios, éramos todos muy jóvenes”. “ Antolín, era un detective que se iniciaba en su institución de la que terminó siendo un docente y Cristian ya hacía clases en la Universidad Técnica” . Noté que la funcionaria estaba comunicativa y que algo se traía entre manos. Yo empezaba a confirmar la hipótesis que me había hecho del asunto, entonces esperé que ella moviera al siguiente pieza y así lo hizo. “La jefa me ha pedido que hable contigo para converses con ella y confirmes las opiniones que hemos dado todos  en el sentido que Cristian es una persona conflictiva y crea muchos anticuerpos y a nadie de nosotros se sorprendió que le haya dicho sobre la “agarrada de poto” que le habría hecho el cura a la señora de Antolín”. Yo me sorprendí de inmediato porque la “agarrá “de poto nunca estuvo en la problemática. Le aclaré de inmediato que el nudo del asunto estaba   centrado en una hipotética mostrada de la herramienta primordial,  y que ambas situaciones dependían esencialmente del contexto. Yo estaba confirmando una conjetura más: la cuestión estaba pasando a  un conflicto de centro de madres y le aclaré de inmediato mi punto de vista. “A mi parecer, esta es una segunda versión, puesto que Cristian (Cachafaz) emitió un juicio general,  en relación a las mujeres  a quienes  los curas muestran su herramienta, sin inmiscuir a nadie en particular. Esta es la verdad y lo demás llámalo como quieras. La agarrada de poto para mí es una variante nueva. En todo caso es materia  de abogados que dilucidarán entre herramienta  específica, herramienta universal, agarrada de poto y contusiones físicas que podrían haber tenido un desenlace lamentable”. Mi interlocutora recibió mi respuesta  con tranquilidad, pero  le estaba dando vuelta al magín, parece que no se atrevía a terminar su misión. Aproveché su silencio para avanzar en mis conjeturas.  Sin preguntar nada me daba cuenta que Cachafaz nunca fue comunista como afirmaba el signo de interrogación, porque cuando opinaba sobre algo político, nunca lo hacía con ese estilo acompasado, metódico, analítico, un tanto didáctico de la gente de este partido con estudios superiores. En todo caso, era un hombre de izquierda que vivía a su manera.
 Cachafaz,  tiene una estatura más que mediana, en general buena estampa para los sesenta, su bigotito mosca le da un aire especial. Almorzando en La Vega nadie se puede imaginar sus títulos en el ámbito científico. Era comprensible que entre los hombres creara más de una comezón envidiosa porque entre las damas viajadas tenía mucha aceptación, no en vano hablaba cuatro idiomas y conocía Europa y Asia como tan bien como yo conocía La Vega.  El gran problema de esta gente es  donde meter una pieza del rompe cabezas que no encaja en nada. Entonces lo más cómodo es el estereotipo del comunista y como el subconsciente de este país está dislocado hasta el hoyo negro, las mentes obtusas se ubican en el ángulo correspondiente y se quedan con su nariz pegada justamente allí… en los antiguos moldes. “Yo sé que tú eres amigo de Cachafaz”. Le interrumpí de inmediato porque no iba a ir donde me quería llevar. “Yo soy conocido como todos. Compartimos a nivel de trivialidades, pero decir que aquí tengo amigos me parece apresurado. En estos cinco años surgió afinidad con Cachafaz porque en una ocasión en que me estaba vistiendo me dijo: “por fin un gallo que no anda con una cruz en el cogote.” Efectivamente yo colgaba las llaves de mi casillero de esa manera”.  “Hay una parte del asunto que tú no conoces y te la voy a tratar de resumir en la forma más breve.” Soy todo oídos”. Me estaba acercando a la aclaración de mis sospechas.
“ .A fines del 72, Cristian fue enviado a RDA con una beca de estudios relacionada con ciencias o química y no pudo volver porque su pasaporte tenía la famosa letra que se lo impedía. Volvió al final de la dictadura y nos dimos cuenta que ahora era un comunista convencido lo que nos resultaba muy extraño puesto que lo común era justamente lo contrario. Tú sabes que después del Muro de Berlín empezó el alejamiento de los rojos. De otros socios supimos que vive sólo y al parecer no le va nada de bien. Nos extrañó mucho porque todos los conocidos que volvían no querían saber nada del asunto. Antolín según la mayoría de la gente trabajaba para la CNI. En ese tiempo, ambos participaban en actividades deportivas, sociales. Eran amigos.  Helena,  la novia de Cristian, que estudiaba ingeniería en la entonces Universidad Técnica, era parte de su grupo y también era indiferente al tema político. Antolín siempre se interesó por Helena, pero ésta tenía planes matrimoniales con Cristian. Helena empezó a ser asediada por Antolín, cuando   vio que era  imposible el regreso de Cristian. A pesar de ser rechazado insistió hasta conseguir su objetivo y al año siguiente se casaron y a los cinco años se separaron.”
Mientras más información me daba, más me interesaba en el asunto y le interrumpí: “¿Ese viejo que parece signo de interrogación también era detective?” “ Jubiló de mayor de ejército.-“
Parece que consideró que me había relatado lo esencial  porque hizo un  gesto como cerrando la historia.”Ahora entendí al signo de interrogación, su arrogancia al caminar como si fuera con el sable en la mano revistando las tropas. Era comprensible su nostalgia, eran otros tiempos, otros espacios, otros personajes.”
  “Pasando a tu participación en todo este asunto yo te puedo conseguir un par de años gratis, pero necesitamos…”  Yo interrumpí sus palabras aduciendo que tenía un compromiso. Seguro que me iba a pedir que cambiara la declaración, pero quedamos de conversar al día siguiente o cuando nos viéramos. Al día siguiente Invité a almorzar a Cachafaz al “Punto y coma “ le dije que era mi cumpleaños para tomar unas copas y hacerlo hablar. Llegó como siempre con su parca incolora por el uso y el infaltable porta equipo y su caminar de hombre ocupado. Tomamos la primera copa de vino, me dijo que a las seis tenía que asistir a una conferencia sobre  una señora Caffarena  pionera del feminismo nacional e internacional y todo el mundo progresista le rendía un homenaje en el día de su nacimiento. Me invitó así como me invitaba a toda clase de reuniones de gente que antes de 73 habían tenido cargos importantes y que seguían participando en actividades de la izquierda nostálgica. La diferencia entre ambos es que yo no necesitaba una razón para seguir viviendo, me daba igual. “Bueno” le dije con tono burlesco “yo he hecho mis propias indagaciones y entiendo que tu odiosidad con Antolín viene de antes de 73 y por lo que sé hay faldas de por medio”. Se sirvió el segundo vaso de vino y contestó. “Tú debes saber que Antolín fue detective y en esos años yo tenía mi novia aquí” .Le interrumpí para decirle que esa parte ya la sabía. “Veo que tienes buenos informantes, pero lo que no te han dicho es por qué el Antolín me odia tanto. El también tenía su niña, pero los dos la compartíamos y como ninguno de los dos sabía, cero drama, él fue el primero que supo y no soportó la idea de no tener el monopolio. A mí no me produjo nada porque ella no negaba que le gustaba disfrutar del miembro en toda su grandeza y majestuosidad. El camino del género humano es ancho e infinito y tu destino puede cambiar a la vuelta de la esquina y nuestra dama compartida se casó con un viejo podrido en plata. Bueno,   mientras no sabíamos no hubo problema y alguien le dijo a Antolín y me agredió en los camarines. En esos años yo no tenía ningún problema y como además de lo mío era experto en defensa personal lo dejé a muy mal traer. La Capran nos suspendió por un mes y no pasó a más.” Con la cuarta copa se puso más locuaz- “En los años que estuve en la RDA logré entender porqué el hombre se ofende tanto con el asunto de los glúteos femeninos cuando se trata de propiedad privada porque a fin de cuentas el problema parece ser de escritura y de inscripción el  conservador de bienes raíces. Te imaginas, compañero, se le salía el compañero y como yo sabía que no podía tomar apuré la segunda botella con dos tragos al seco. Tampoco le iba a decir que yo no era su compañero y que el futuro del país me importaba un moco de pavo- “un conservador de potos raíces, sería único en el mundo. En el fondo es el dominio del animal fuerte sobre el más débil.”
La última conversación con la funcionaria de la Capran fue más confrontacional.  Me dijo que su jefa fue trasladada a Antofagasta y que tenía para mí un mensaje del abogado de Antolín y de un directivo. “Se trata-me dijo- mientras tomábamos un café en el piso de los viejos- que a cambio de tu declaración por otra que preparó el abogado de Antolín, recibirás una compensación económica muy generosa, además del ofrecimiento anterior.”-De inmediato me di cuenta que Cachafaz tomaba la delantera.-El  juicio puede que no te salpique, pero te pueden aplicar el artículo 44”.- No podía mostrar preocupación para que largara más cosas, pero se me iba la lengua por saber del famoso artículo, pero había que dejar que las aguas  siguieran su curso natural y le contesté con cierta indiferencia:”Dame un tiempo para reflexionar. Dame una semana para pensarlo”. Puso cara de preocupación y no dijo nada. Yo me marché aduciendo un compromiso.
Un hecho inesperado apresuró los acontecimientos de este conflicto geriátrico. Me llamaron del cuarto piso y me comunicaron la aplicación del artículo 44. Yo les dije que iba a consultar con mi abogado sobre el procedimiento que se me estaba aplicando. “Se ajusta al reglamento interno” fue la escueta respuesta de la funcionaria. Me dirigí de inmediato a los vestuarios para desalojar mi casillero y a alejarme de la mejor institución para viejos que hay en Santiago. La carta de triunfo la tenía en el bolsillo,  ¡qué carta ¡.El día anterior a mi aplicación del artículo de expulsión del paraíso terrenal, llegó Cachafaz a mi casa acompañado de una dama de mediana edad, la presentó como su esposa y según él se habían casado el día anterior.”Nos vamos a Alemania” me dijo sonriendo de lo más suelto de cuerpo mientras compartíamos una taza de té y unas galletas. “Me espera allá una jubilación con la que puedo vivir tranquilo el resto de mi vida y allá tengo a mis hijas y mis nietas”. Su parca tipo arcoíris había cambiado por un chaquetón oscuro, la clásica chomba de cuello subido por una camisa blanca y un chaleco de lana que lo hacía ver más joven. Los felicité a ambos con un abrazo y les deseé toda la suerte del mundo. Por decir algo agregué:”Me imagino que no echarás de menos la cordillera, el mar y las empanadas”. Sonrió de oreja a oreja y contestó. “Las empanadas, siempre que sean gordas, jugosas y peludas”. Nos despedimos con un trago de whisky y cuando ya abandonaban mi casa me surgió una duda, pero no se la podía consultar porque andaba con su señora. Supe después que todos los años se iba con una dama diferente.
Mi carta en el bolsillo era un cheque equivalente a tres años de jubilación. Hoy frecuento otra institución similar, pero nunca tan buena como la Capran. Hueveo igual que antes, pero me fijo bien quien está cerca del receptor. Después de todo lo simple se hace complejo, quedó demostrado en esta hipotética agarrada de poto y en una mal entendida exhibición de la herramienta primordial.  

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